Día 65: Descubriendo la capital de Noruega, Oslo.

Y una semana después de volver me pongo a recordar mi viaje. Parece que volví hace tanto tiempo, y en realidad, no hace ni 7 días completos que vine. Pensar que hace no tanto estaba disfrutando en Oslo de artistas como Munch en su Galería Nacional. Pensar que hace no tanto estaba en un viaje por el Polo Norte o Sur gracias al museo de Flam, descubrir lo que es el frió de verdad. O paseando por el parque Vigeland, disfrutando de tantas y tantas esculturas, imitando sus figuras. Disfrutando de inmensos parques como el del Jardín Botánico, el de la Casa Real. Ver por primera vez en mi vida un cambio de la Guardia Real.


Y perdiéndome por el puerto. Porque cómo me ha gustado el puerto de Oslo. Los barcos, el mar, el sabor a infinito, a libertad. Las vistas desde la Ópera. Sin duda, buena idea subir hasta lo alto y tomarse tiempo para disfrutar. Y cuando se va el sol, e iluminan el edificio del Nóbel de La Paz, el Ayuntamiento… solo queda disfrutar.

Pasear entre calles, bajo una absoluta oscuridad, y encontrarte una cascada. Si, una cascada en medio de la ciudad. O perderte por el barrio alternativo de Grunerlokka, entrar en algo parecido a un bar y dejarte llevar por la música.

Pero lo mejor de este viaje no fue Oslo, lo mejor de Noruega no es su capital… pero de eso, de eso ya os hablaré en otro momento.


 
 
 

 






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Día 60: 8 instantes

Ya he vuelto, ya estoy aquí. No he desaparecido. He estado en Noruega. 8 días. Si, 8 días que han pasado como 8 pequeños instantes llenos de experiencias y belleza, de primeras veces. 8 instantes que he disfrutado y explotado al máximo, para no arrepentirme, para vivir al límite.  Pero ya estoy aquí, de vuelta, sintiéndome infinitamente feliz.

Primer día. Oslo. Capital de Noruega. Atardecer en la ciudad y descubrirla de noche. Segundo día. Oslo. Museos. Visitar casi toda la ciudad. Tercer día. Bergen. Enamorarme de la ciudad de los fiordos. Cuarto día. Norway in a Nutshell. Bergen-Myrdal-Flam-Gudvangen-Voss-Bergen.  El mayor paisaje de fiordos. Nærøyfjord. Quinto día. Bergen. Adentrarnos en la ciudad. Sexto día. Bergen. Crucero por la costa de Noruega. Despedirme de la ciudad más bonita del mundo. Séptimo día. De Bergen a Oslo. Trayecto de tren considerado uno de los 10 más bonitos del mundo. Acabar de conocer Oslo. Octavo día. Recorrer Oslo de punta a punta, despedirnos de ella sin lluvia. Llevarnos una imagen global.

Y llegar a casa, más tarde de las doce de la noche, y no poder dormir, por sentirme viva, por sentirme pletórica, por sentirme feliz. Y saber, sentir, que sin duda no he desaprovechado el tiempo, que no puedo arrepentirme de nada. 


 Día 1. Oslo. Canal.

 Día 2. Oslo. Parque de Vigeland.

 Día 3. Bergen. Vistas desde Fløyen.

 Día 4. Bergen. Norway in a Nutshell.

 Día 5. Bergen. Mercado del Pescado.

 Día 6. Bergen. Crucero por la costa.

 Día 7. Trayecto Bergen-Oslo. Finse.

 Día 8. Oslo. El Puerto.



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Día 48: Momentos que dan vida

El otro día llegué a casa, y emocionada, a eso de la una de la mañana, me puse a contarle a una amiga mi día. Ella, que siempre sigue atenta mis aventuras me dijo: “Parece que hay que irse fuera para hacer cosas diferentes”. Y quizás tenga razón.


Cuando estamos fuera, cuando salimos de la rutina, vivimos más, como si el tiempo fuese más valioso. Pero no lo es. Vamos a una ciudad nueva y queremos verlo todo, devorarlo, pero ¿Cuántos de nosotros hemos salido a ver las ciudades dónde hemos vivido siempre?

Vivimos la vida sin darnos cuenta de que acaba, de que el tiempo es lo más valioso que tenemos. No hay dinero que compre el tiempo, y cuando entiendes eso, cuando lo entiendes, lo asimilas y lo procesas de verdad, empiezas a vivir de otra manera. Quizás haya gente que nazca sabiéndolo, que no lo creo, o otros que como yo lo aprendieron de la vida. Y muchos, habrá muchos, que jamás lo aprendan y mueran sin haber vivido.


Hace ya unos años cogí una curiosa costumbre. Cada noche tacho el día que acaba del calendario. Mientras lo hago pienso si he aprovechado el tiempo, si es un día vivido o un día perdido. ¿Sabes esa sensación de asfixia, de ahogo? Cuando te agobias y te cuesta respirar, cuando algo te falta. Eso es lo que me pasa a mi cuando siento que pierdo el tiempo, que malgasto la vida, que siento que el corazón se me para.

Y aquí en Dinamarca la situación es de momento indefinida. Pero por suerte, aún hay momentos que me dan vida.




Viendo por primera vez un partido de Hockey


Día 46: Legoland

Hoy ha salido el sol en Aarhus, y ayer también, y antes de ayer, y el día anterior. Y es raro porque se me ocurren tantas cosas que hacer, y sin embargo, aquí estoy, leyendo, haciendo trabajos, escribiendo. Quieta, paralizada. Esperando no sé a que. Pero eso no importa ahora, hablemos de Legoland, ese parque de atracciones que de primeras puede parecer para niños pequeños pero que creedme, no lo es.


Sábado. 6 de la mañana. Suena el despertador. Desayunar, vestirme, escuchar música. Coger el autobús. Salir de Aarhus hacía Billund, la ciudad donde esta Legoland. Ver como va cambiando el tiempo, de sol a nubes, de nubes a lluvia. Pasar de la emoción a la desgana, pero sin dejar que el ánimo caiga del todo.

Entrar al parque, coger un plano y buscar sitios cubiertos para visitar. Ir rápido sin apreciar apenas todos los detalles de Lego. Pasar una hora en “Atlantis By Sea-Life” con la esperanza de salir y que deje de llover. Hacer mil fotos, empezar a divertirnos, cogerle ganas al día. Y ya esta, milagrosamente deja de llover. Empezar a montar en las atracciones, gritar, reír, disfrutar. Pasar de Imagination Zone a Legoredo Town, pasar por Pirate Land para llegar a Knights Kingdom. Disfrutar de Polard Land, montarnos en las dos mejores atracciones, dejarnos sorprender.

¿Mi atracción favorita? Ice Pilots School. Te cuento. Te dan una tarjeta (si, algo así como un tarjeta de crédito), la metes en algo parecido a un ordenador. Ahí seleccionas tu altura, el nivel de dificultas y el tipo de movimientos que quieres que haga la atracción. Después coges la tarjeta y la colocas en la caja de control de la atracción. Y ya solo queda disfrutar.

Para el final dejamos Adventureland y Miniland. La verdad es que nada más entrar al parque te encuentras con Miniland, pero con la lluvia era imposible disfrutarlo. Pero ahora que la lluvia había dado paso a las nubes, y las nubes al sol, podíamos disfrutarlo de verdad. La ciudad de Ámsterdam en miniatura, Copenhague, ciudades de Suecia o Noruega, sitios a los que pronto iré. ¡Me encantó!

El día llegaba a su fin. Volvimos al autobús, y como una niña pequeña después de un largo día me quedé dormida en el viaje de vuelta.
 








Día 40: Escapando a Copenhague parte II



No te enfades, aitite, ya estoy aquí con el final de la historia, y me lo tomaré con calma, que esta semana, aitite, ha sido bastante dura. Y por cierto, perdóname si me dejo algo, que ya han pasado días, pero tranquilo, lo importante nunca se olvida, y aquí te lo traigo.

Amanecí el domingo descansada, miré por la ventana, el sol asomaba. Dormí bien, usando casi como almohada mi cámara, ya sabes aitite, just in case. Desayuné y me preparé para sacar el máximo provecho al nuevo día. Del día anterior, habíamos dejado para hoy la estatua de La Sirenita.

Salimos del albergue más tarde de lo que a mi me hubiese gustado, pero claro, si por mi fuese dormiría 5-6 horas, y el resto las exprimiría, ya sabes, sigo buscándole sentido a eso de “perder el tiempo” durmiendo. Subimos hacía arriba, desde abajo, al centro y de ahí hasta arriba, llegando al Kastellet.

Paseamos un rato, nos perdimos, disfrutamos del paisaje. Seguimos andando, sin prisa, y ahí estaba, La Sirenita, entre agua, piedras, y turistas. Muchos turistas. ¿Sabías que es la estatua más fotografiada del mundo?  ¿O que en 2013 cumplirá 100 años? Es bonita, aitite, aún siendo más pequeña de lo que puedas pensar, es bonita. Sacamos fotos, nos sentamos, volvimos a sacar fotos. Aprovechando las botas de agua, surque el agua y llegue hasta ella. Aitite, no exagero si te digo que tendré ya alrededor de 50 fotos con la estatua, y quiero volver en navidades. ¿Imaginas cómo de bonito puede ser Copenhague en esa época del año? En un par de meses te lo cuento, pero mientras tanto, sigamos.

Acabada la visita a la estatua bajamos de nuevo hacía el centro de la ciudad por otro camino. Pasamos por el último molino en pie de Copenhague, vimos, quizás, los paisajes más bonitos que he visto desde que vine. Disfrute, saque fotos y los guardé en mi memoria para siempre. Llegamos a los jardines dónde  esta el Rosenborg Castle, famoso por guardar las joyas de la corona. No entramos, pero lo apunto para mi próxima visita. Es raro, ¿Verdad? Ir a un sitio y no entrar en museos, no empaparse todo lo que se pueda de la cultura a nuestros pies. Pero no te preocupes aitite, sigo pensando que aun no he perdido el tiempo.

Seguimos andando, comimos, descansamos, y pensamos que podíamos hacer a la tarde, antes de coger el autobús de vuelta al anochecer. Yo lo tenía claro aitite, para que voy a molestarme en mentirte a ti. Yo quería ir al Tivoli. El Tivoli, aitite, el parque de atracciones más antiguo de Europa. Y fue fácil, cuando los demás decidieron pasar la tarde descansando yo ví mi oportunidad. Ví la oportunidad y la cogí, sin pensármelo dos veces. Y de verdad, esa decisión marcó la diferencia en ese fin de semana en Copenhague.

Me acerque a la puerta, emocionada, como una niña pequeña, curiosa, ilusionada. Y de verdad aitite, cualquier descripción se queda corta. Para cualquiera como a mi, que le guste volver a sentirse niña, que sepa apreciar y disfrutar de la belleza, tiene que ir al menos una vez en la vida. Y es enorme, aitite, mucho más grande de lo que pueda parecerte desde fuera. Ahí dentro puedes perderte cien veces y seguir encontrando sitios preciosos, pequeños rincones de pura belleza. ¿Sabes cuando un sitio es tan bonito que quisieras quedarte ahí para siempre? Eso es lo que te pasa ahí. Dejaba un sitio atrás, descubría otros y volvía atrás. Necesitaba ver esos lugares más de una vez, disfrutarlos, memorizarlos, guardarlos en mi memoria.

Nada más entrar, un teatro, ¡Ay aitite, teatro, cuánto lo echo de menos! Y seguir andando, y encontrarme de frente con un enorme edificio blanco, elegante, majestuoso. Y evitar la tentación, querer comprarme todo. Encontrar un barco pirata, un molino de agua, un pequeño lago con barcas. Acordarme de Nueva York, de Central Park. Llegar a China, ver un desfile real, porque ya sabes aitite, en algunos sitios, para alguna gente, todo es posible.

Y mejor voy acortando, que hoy es viernes, y tengo que descansar para coger el fin de semana con ganas, pero tranquilo, no te libras de mi, ya sabes que tu nieta no para, aun queda más contar, y aun más por vivir.













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