Día 33: Escapando a Copenhague parte I

Y hoy me acuerdo de ti, como cada día, pero hoy más. Quizás sean las ganas de contarte esta aventura. Que lo he conseguido, que estoy aquí. O quizás simplemente que me faltas, ya sabes todo lo que me acuerdo de ti.


Por eso hoy te pido, siéntate, y escúchame, quiero leerte algo, estés donde estés.

“La aventura empezó el viernes sobre las 8 de la tarde, después de haberme levantado de la siesta más larga que jamás he echado. Preparé la maleta a conciencia, siguiendo la lista que había hecho un rato antes, como siempre. Acompañé a María a la lavandería y después cené tranquilamente, leyendo información sobre Copenhague en Internet. Dormí un rato. El despertador sonó a las 2.30 de la mañana, me preparé, revisé que todo estuviese bien, y cogí el autobús. Me esperaban dos horas largas en la estación de tren. La verdad el tiempo pasó rápido, es lo que pasa cuando estas a gusto. Llegó la hora, subí al autobús, pagué y partimos. Escasos diez minutos después el autobús se metió en un ferry, y entonces, tocó bajar del autobús y acomodarnos en unos nuevos asientos. Tras una hora y poco de vieja que paso rápido, vuelta a subir al autobús y de ahí ya a Copenhague.

No voy a mentirte, pretendía disfrutar de las vistas en el trayecto, pero me resultó imposible, tenía demasiado sueño, y ya sabes como soy, prefiero dormir en el autobús, que estar cansada cuando quiero conocer una ciudad.

Bajo la lluvia llegamos al albergue. Si, aitite, dormí en un albergue, pero no te creas, estaba muy limpio y no fue una experiencia diferente ni mala, fue normal (quizás incluso hasta decepcionante, hubiese estado bien tener alguna anécdota curiosa que contar). Dejamos las cosas, y yo ansiosa, como siempre, ya quería perderme por las calles, revivir aquel día con aita y ama, ver más. Aunque ya sabes como es Ama, que no sabe hacer nada mal, así que iba a ser difícil superar la anterior visita a Copenhague, que además fue en un día soleado.

Salimos del albergue, y pronto nos cruzamos con la estatua del escritor Hans Christian Andersen. Vimos el ayuntamiento y de ahí, nos adentramos en el centro histórico. Seguimos subiendo, por al lado del canal, llegando después a el Palacio de Amelienborg donde conocimos a los guardias reales. Y de ahí, perdiéndonos entre calles, llegamos al precioso Nyhavn, con sus casas de colores, los enormes barcos. ¡Me encanta ese lugar! ¿Imaginas vivir en una de esas casas? Son tan, pero tan bonitas.

Era la hora de comer. Paramos un rato, descansamos. Seguimos nuestra marcha. Descubrimos nuevas calles, iglesias, edificios. Me enamoré otra vez de Copenhague. Alrededor de las 6 volvimos al albergue, descansamos un segundo, y nos dirigimos a la ciudad libre de Christiania. Como si de una película se tratará nos adentramos en las calles de ese barrio parcialmente autogobernado. Me decepcionó leer que no podría sacar fotos, pero pronto lo entendí. La droga se movía allí ante los ojos de todos, sin preocupaciones, tranquilamente. La vendían en puestos, como quien vende paraguas a la salida de la estación. Me sorprendí, aitite, y me sorprendió verme a mi misma allí. Y miraba a mi alrededor, atónita, sorprendida por saber que existe un lugar así, por sentirme parte de la ciencia ficción pero siendo consciente que era la vida real. Y seguimos caminando por allí, tan tranquilos, y entramos a un bar, y a otro, y luego a otro. Y volví a sorprenderme, porque en todos ellos estaba prohibido el consumo de cualquier droga y además, te advertían sobre los peligros de las drogas duras. Al final, al lado de una tienda de bicis que a mi hermano le hubiese encantado ver, entramos y tomamos algo. Y estuvimos allí, charlando animados, hasta tarde, yo comiendo un brownie de chocolate, feliz.

Y la verdad no hay mucho para contar de ese sábado, en el que la lluvia nos acompaño todo el rato. Pero no te preocupes, que aún queda el domingo, pero eso de momento me lo guardo. Y te dejo así con la intriga, y ya seguimos otro día, que la historia es larga y el tiempo aprieta. 

 







Día 31: Momento de reflexión

Un mes. 31 días. 744 horas. Mucho o poco tiempo, no lo sé. Pasa rápido. Y no soy consciente. Pero hay algo que si sé: he aprovechado el tiempo, cada uno de los 2678400 segundos pasados aquí. Estoy contenta, satisfecha, feliz. Con la conciencia tranquila. Viviendo intensamente, disfrutando de cada detalle. Descubriendo nuevas cosas de mi misma, reafirmando las que ya sabía, intentando mejorar en mis defectos.


Adorando un estilo de vida completamente diferente al que tenía en Bilbo, pero siendo igual de responsable. O más. Disfrutando de una dinámica de clases muy diferente, de una mayor exigencia. Conociendo gentes y culturas. Aprendiendo que es eso de la calidad de vida de Dinamarca, dándome cuenta de lo mucho que nos queda por aprender. Evitar pensar en el futuro y vivir el presente casi por primera vez en mi vida.


Hoy, hablando sobre lo de llevar un mes aquí, alguien me ha hablado de una técnica bastante utilizada como un medio para fortalecer o fomentar el autoaprendizaje. Cada trabajador se toma un periodo de tiempo, un mes por ejemplo, y se hace así mismo las siguientes preguntas: ¿Qué ha ido bien? ¿Y mal? ¿Qué he aprendido? ¿Qué debería cambiar? Y eso mismo es lo que he hecho hoy.










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Día 23: Deer park

Tener un buen día. Levantarte bien pronto y aprovechar el tiempo. Sentarte siendo aún las diez de la noche y pensar que todavía puedes hacer más cosas. Poder decir tranquilamente: “Hoy ha sido un gran día”, porque lo ha sido. Comprar el mensual del autobús, recoger tu permiso de residencia en Dinamarca, comprar el candado para tu nueva bicicleta de segunda mano, hacer la compra de la semana comparando precios de dos supermercados, ir a clase, hacer un regalo de cumpleaños, ir a danés, cenar con quien se ha vuelto una gran amiga. Y aún queda más tiempo. Leer la prensa, emails, ponerme al día. Hablar con familia y amigos. Escuchar música, sentarme a escribir.


Pensar. Ser consciente de las cosas. Parar un momento y meditar. Darme cuenta de todo, de lo que estoy viviendo, creciendo, y no llevo ni un mes. Es curioso. Pasar un domingo dando de comer a ciervos y sentir que es lo normal, porque aquí lo es. Ver a familias en el “Deer Park” con bolsas llenas de zanahorias y manzanas, ver las caras de los niños, emocionados, felices, y sentirte tú también bien. Parar un momento, un instante y mirar a mí alrededor. Verde, todo verde. Y ciervos, muchos ciervos. A mi lado, comiendo de mi mano. Y mirarles a los ojos. Sonreír, darme cuenta: “Estoy viviendo en Dinamarca”.

Y no solo eso, sentir que estoy aprovechando mi tiempo, aprendiendo, absorbiendo, disfrutando, saliendo, no dejando que la pereza o la vagancia me ganen. Vivir cada instante. Y seguir dándome cuenta cada día de que las oportunidades hay que cogerlas y exprimirlas porque no puedes dejar que escapen. Y mirarme al espejo, y reír, porque soy la misma que hace tres semanas pero diferente. 










Deer Park - Aarhus. Parka: Stradivarius. Camisa: Blanco. Shorts: Local shop. Botas: Hispanita


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21 días en Dinamarca

Tengo ansias de escribir, necesidad, ganas. Apenas tengo fotos, ni tiempo, pero no importa. Quiero escribir.


Es difícil buscar tiempo libre aquí. Aun es todo nuevo, no tengo rutina, y la verdad es que tampoco la necesito. Aunque ya pronto llegará. Ya he empezado la universidad, las clases de danés y he preparado ya las primeras escapadas. Estoy aprendiendo a cocinar, a hacer la compra, a poner la lavadora. Estoy aprendiendo que la independencia es libertad con responsabilidad, y me gusta. Me gusta mucho. Es bonito saber que tengo mi pequeño hogar, y tener ganas de llegar cuando ya es tarde y estoy cansada. Ir decorando este pequeño rincón poco a poco, haciéndolo aún más mío.

Darme cuenta de lo que verdaderamente importa, y de todas las cosas que son dispensables. Qué son tantas y tantas. De la suerte que tengo. De lo fácil que es ser feliz. De lo bonito que es echar de menos. Y que te echen de menos. De lo fácil que es irse lejos cuando te apoyan los que importan, cuando confías en ti misma. Pero supongo que esto a nadie le importa, solo a los que me quieren, a mí.

Me gusta haber elegido Dinamarca. Es un sitio bonito, con un gran nivel de vida y con una gente increíble. Es muy diferente a lo que estoy acostumbrada. La eterna amabilidad, la confianza, la bondad. La danish people como les llamo yo. Diferentes a como los esperaba. Diferentes a mejor. Cuanto podríamos aprender de ellos, de este país. También me gusta esa parte de la experiencia, estar conociendo a gente de tantos y tantos países, aprender sobre ellos, sobre las costumbres, sobre la vida en otros lugares. Conocer, elegir lo mejor y guardármelo para mi.

Y ahora mientras escribo estoy volviendo a teñirme el pelo. Porque si, porque me apetece, porque echo de menos mi color natural. Por que lo que no haga ahora, con 21 años, a saber cuando puedo hacerlo. Es mí año, el año, y quiero aprender, disfrutar, descubrir, probar, atreverme, perder el miedo. 


 El parque de mi universidad


 Vistas desde lo alto de un bosque


 Antes de anochecer


En el bosque


 El medio de transporte en Dinamarca


 Las vistas desde mi ventana


 Uno de mis pequeños rincones dentro de mi cuarto


 Mi mesita de noche


 Mi zapatero




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